lunes, 5 de septiembre de 2011

La saga de la Manzana Roja, parte III y final.

Autor: Inti Carrizo-Ortiz
Categoría: Policial Metafísico

Lo que hace al Orochi mi segundo hogar no es su decadente decoración, ni el hecho de que sus pantallas estén siempre apagadas. Lo que hace al Orochi mi segundo hogar se esconde detrás de su fachada, debajo del piso y de las viejas mesas. Ahí, oculto de los visitantes casuales, pero bien sabido por su clientela habitual, se encuentra el verdadero giro y rubro de este antro. El Orochi es lo que en la calle se conoce como un “Bar REM”. Es en estos lugares donde los que saben vienen por sus vuelos. No esa porquería automedicada que le vendo a los adictos y a los rebeldes de nombre que buscan probarse algo a si mismos. Con solo una pastilla antes de cada noche y sin supervisión ni guía, un vuelo puede convertirse en una tortura para una mente sin costumbre ni entrenamiento. 


No, ésta es la crema de la torta. Sólo calidad. Golpeo la puerta de servicio pobremente camuflada y uno de los encargados me abre, sin hacer preguntas. Es un hombre mayor y algo desaliñado que ya había visto antes. La gente los llama Areneros; siempre uno por cada habitación. Mi Arenero de turno me conduce por una serie de largas y profundas escaleras de cemento mohoso hasta aterrizar en el pasillo del sótano. Ahí, me indica el cuarto asignado de este día. Camino junto a él por el estrecho corredor plagado de puertas cerradas. Una luz roja encendida junto al umbral de cada una indica que una sesión está en progreso. El lugar parece especialmente atiborrado hoy y las ampolletas rojas tiñen el luctuoso pasillo. Finalmente, entro a la habitación: un gran cuarto vacío con un roñoso sillón reclinable plagado de cables y conectado a un rústico y claramente improvisado panel de control. 
Junto a ellos yace una pequeña mesa de noche y un igualmente discreto taburete de madera. Lanzo mi sombrero a un rincón mientras el Arenero cierra la pieza por dentro. Me dejo caer en el sillón que lentamente cede a mi peso hasta dejar su respaldo totalmente horizontal. Respiro profundo mientras el Arenero, cual veterano alfarero dispuesto a iniciar su labor diaria, se sienta junto a mi en su pequeño piso junto al artesanal panel rebosante de cableados pelados y chispeantes. De la mesa de noche toma un vaso de agua y una minúscula pastilla. Me arrimo y me las hecho al cuerpo sin chistar. 
Estoy ansioso por comenzar, pero el Arenero me recrimina con la mirada. Tengo que calmarme para que esto funcione. Inhalo y exhalo. He hecho esto tantas veces que ya he perdido la cuenta; debería saber mejor. Observo de reojo al improvisado artesano obrando sobre los controles. 

A continuación, mi parte favorita del proceso: el anciano operador me apunta a su panel donde, en un pequeño compartimiento, me revela su más preciado tesoro: cientos de diminutas tarjetas de información rotuladas a mano. Música. Bendita música. Me sonrío solo, pensando en lo que pasaría si un correcto oficial del Consortium, un amante apasionado de la Universal Commonwealth Act, presenciara este sagrado ritual. Me acelero elucubrando sobre el origen del Arenero y su prohibido botín. Sin titubear elijo mi habitual: George Harrison. “Within you, Without you”. 5 minutos de gloria. Mi corazón se acelera una vez más. Vuelvo a respirar profundo. El operador me da una señal para indicarme que pronto comenzará. Asiento, pensando en la sacra confianza que se oculta en la casual relación entre un Arenero y su cliente. Él se quedará junto a mí vigilando cada segundo del proceso. Ante la más mínima señal en sus precarios instrumentos, frente al más insignificante asomo de un “mal vuelo” en sus mediciones, interrumpirá todo. Me siento seguro. Volteo mi cabeza un segundo para verlo insertar la tarjeta de información elegida en la ranura de su panel. Vuelvo mis ojos hacia adelante. Hacia el techo. Hacia el cielo.

Y entonces, comienza.

Mis ojos se entrecierran mientras el vacío del lugar comienza a llenarse con el ligero sonido del sitar. El tamborín retumba al ritmo de la sangre de mi cuerpo y poco a poco puedo sentirla. Toda. Una sola vibración por cada centímetro de mi ser. Es un ritmo calmo y perfecto. Mis párpados se deslizan al son de una voz suave que me susurra, mientras siento como todo mi exterior comienza a desvanecerse lenta, lentamente. Comienza a irse. Un paso a la vez. Y de pronto siento que el mundo se dobla y se separa, que está más allá, un paso más lejos de mí. Y de pronto ya no hay Arenero. Estoy solo en ese cuarto, y las paredes comienzan a alejarse suavemente. La luz me elude y siento que mi piel se desactiva, que es incapaz de percibir ya nada, que el sillón de aquella tenue habitación se ha despegado de mí y apenas me roza. Siento que no siento. Todo está a un paso de mí. Y entonces la veo. Es una pequeña chispa frente a mi cuerpo, danzando. En su senda parece romper el espacio mismo, dejando una estela de un color que no puedo describir. No es un color. Son todos los colores. Y siento que puedo tocarla, como un trozo de luz suspendido frente a mí, saludándome. Seduciéndome. Y siento que alzo mi mano, pero no sé si lo hago de verdad. Y la toco. Es cálida. La veo separarse ante mí en cientos de líneas: una de cada color de lo que existe. Y no hay blanco. Ni azul. Ni rojo. Me abrazan como largos brazos y estoy a metros sobre mi silla. Floto. Vibro. Los colores me sujetan como hilos de seda acariciando el aire y mi piel con etérea delicadeza. Los veo rellenar cada centímetro del espacio que ven mis ojos. Y de pronto son todo. Una luz infinita. Y no hay cuarto. Me pierdo. No hay arriba ni abajo. No hay suelo. Me pierdo. Y parezco verme a mi mismo; volando. El cielo es de un celeste intenso eterno. Y bajo mi desfilan infinitos bosques de un verde que no conozco. Y el mar que nunca he visto se despliega inagotable bajo mis pies. Y mi padre flota conmigo, comiendo una naranja. Me sonríe. “La vida es como una bala, hijo”, me susurra al oído a millones de kilómetros de distancia. Braulio vuela con él. Y veo un gato recostado remolón sobre el Sol. Y volamos, por siempre volamos. Volamos hacia el antes. Antes de que los colegios cerraran y los teatros se derrumbaran. Antes del Consortium. Antes de la Ley. Antes. Sin Razón; sin Fuerza. Un país con Sur y Norte. Y mientras vuelo los escucho, los escucho acusando y jurando. Los escucho controlando la noche por miedo a sus sucios secretos. Los escucho diciendo “No necesitas preocuparte por las opciones cuando no las tienes”. Los escucho aplaudir. Vitorear, los escucho. Matar, los escucho. Odiar, los escucho. Irse, los escucho. Y veo a todo el mundo en un solo, gran parpadeo. Un mundo sin neblina negra en las almas de los míos. Y veo a Evelyn. Dulce, dulce Evelyn. Desnuda me espera recostada en sábanas blancas hechas de nubes. Una cama sin bordes, infinita hasta donde la vista se pierde, donde me dejo caer. Su cabello rojo como la sangre me baña, se enreda su piel dorada en mi carne sin revestidura como un manojo de dedos incontables. Y nuestros cuerpos se rozan, se tocan y se confunden como nuestros labios. Y puedo sentir cada centímetro de su cuerpo, y cada segundo de su existencia ahí me pertenece, y su respiración es la mía, sus latidos los míos, su aliento el mío. Y me meto en su boca, tibia, dulce, húmeda, viva. Y mi mente se pierde en su entrepierna. Y susurro “Gloria. Infinita, infinita gloria”.

Un estruendo.

Abro los ojos. Estoy en la vieja y sucia habitación vacía. El taburete está desocupado. El Arenero no esta a mi lado. Algo sucede. Otro estruendo. Disparos. Están aquí. El Consortium está aquí. Me pongo de pie pero mis piernas ceden a mi peso y se desploman. ¿Cuánto tiempo estuve dormido? Todo da vueltas. Mis extremidades no responden, como si siguieran aún lejos de aquí. Me despego con todas mis fuerzas del suelo frío y apenas logro incorporarme. Escucho el retumbar de las botas y los gritos, las ráfagas y las puertas abriéndose de par en par, acercándose una a una hasta mí. No pienso. Mi mano entra a mi gabardina en el segundo exacto en que la vieja puerta de madera frente a mi sale expulsada de sus bisagras por negros botines de cuero. Alzo el revólver. Mi dedo actúa por mí. Un golpe del percutor. Un soldado sin rostro vuela varios metros hacia atrás. Otro golpe y el culatazo me empujan con fuerza. El segundo soldado se desploma hacia un costado; la mitad de su cara deformada, su sangre mezclada con pintura de camuflaje. Tengo que salir de aquí. Cruzo el umbral y el angosto pasillo es caos. Las luces rojas parpadean y las ampolletas explotan en el fuego cruzado. No veo hacia atrás, sólo disparo. Escucho un cuerpo caer. Puedo ver las esquirlas resplandecientes de cemento volar a mi camino. Corro. Veo la puerta al final del pasillo, una salida de emergencias que noté con religiosa rigurosidad en cada una de mis visitas a este lugar, jamás imaginando hacia donde iría, jamás pensando que tendría que usarla alguna vez. Mis piernas apenas dan, apenas responden, pero nada me importa. Sólo corro. Atravieso la puerta y la cierro tras de mi. La madera se astilla junto a mi espalda, disparo a disparo. Estoy en un callejón, detrás de los galpones. Es de noche ya. ¿Cuántas horas han pasado? Y entonces, lo siento. Un piquete ardiente, un cálido mordisco que destroza mi carne y hurga en mis entrañas. El dolor es indescriptible por solamente un segundo, un instante de inenarrable ardor que luego no es más que un tibio baño, cálido y suave. Me desplomo. Arrastro mi cuerpo trepidante unos centímetros, cuando la veo: una figura alta, erguida a la entrada del oscuro callejón, vestida entera de un negro impecable, desde los zapatos hasta la punta de su afilado sombrero. Una gabardina flameante que se sacude ante el viento nocturno como la capa de una Parca acechadora. En su mano derecha un revólver humeante me apunta decidoramente. En la izquierda, un cigarro incandescente. Es un sicario. Baja su arma y camina hacia mí, un paso eterno a la vez. Por cada metro que se acerca a mi siento con más intensidad un aire gélido a su alrededor, un aura fría como la noche misma. El asesino se detiene frente a mí un segundo, contemplando su obra. Arroja su cigarro y lo aplasta con la suela de su zapato reluciente sin cuidado. Lentamente se agacha y estira su mano libre hasta mi abrigo. Tiemblo. Extrae el estuche de cuero negro, sin siquiera pensar en retirar el arma que se sacude en mi mano. Ambos sabemos que no quedan balas en la recámara. Su rostro es angulado y duro como la piedra. Esboza una tendida sonrisa.

-¿Sabes qué es esto?- me pregunta con una voz carraspeada y profunda, sosteniendo el paquete frente a mi cara. -Manzana Roja.- respondo. Las palabras emergen de mi boca temblorosa con dificultad. Toso sangre. Mis ojos se desvanecen y apenas puedo mantener la vista en el estuche de cuero. -¿Y sabes de quién es esto?- vuelve a preguntar el sicario con la misma sonrisa.

-El Jefe.- alcanzo a escupir antes de expulsar una explosión de sangre de mis pulmones. El hombre de sombrero afilado me sonríe una vez más -¿Y sabes lo que le pasa a los que prueban lo que no está hecho para sus lenguas, ven lo que no está hecho para sus ojos, oyen lo que no está hecho para sus oídos? ¿Sabes lo que le pasa a los que toman lo que le pertenece al Jefe?

No respondo. Mi mente se desconecta. En mi cabeza no hay una respuesta, sólo una pregunta. La pregunta que me ha cazado desde que abrí los ojos esta mañana. La pregunta que me he hecho en silencio desde el día que nací.

-¿Por qué?- musito. La sonrisa se borra del rostro angulado del sicario vestido de negro. Sus ojos se encienden y me atraviesan como sus balas.

-¿”Por qué”? Porque no debe haber un “por qué".

El asesino se alza recto una vez más. Levanta su arma. Abro mi boca, quiero decir algo, no detenerlo, no rogar, sólo decir algo. Algo que valga. Sólo sangre emana de mis labios. El sicario vestido de negro vacía su cartucho en mi cuerpo. No siento el dolor de las balas. No siento nada. Sólo las veo entrar a mi carne una y otra vez. Las veo parar en mí. “La vida es como una bala, hijo”. Mi vida para. Mis pupilas se dilatan mientras veo al hombre de gabardina y sombrero alejarse por el callejón, llevándose consigo el frío de la noche. La sangre ha comenzado a llenar mi cabeza, porque juro ver un par de gloriosas alas blancas emerger de su negra espalda abiertas de par en par, alzándolo hasta perderse en la oscuridad. "El Jefe es un verdadero hijo de puta" dijo ella. Me pregunto cual habrá sido su suerte. Mis últimos segundos de lucidez son para Evelyn. Me extingo, no pensando en el por qué, ni el cómo. Me apago pensando en el cuándo. ¿Cuándo dejamos de importarnos? ¿Cuándo dejamos nuestra existencia en manos de otros? ¿Cuándo renunciamos a pensar? ¿A saber? ¿Cuándo abrazamos la ignorancia, los estandartes, los odios, los Jefes, consorcios y misticismos?

Y es entonces que me golpea. Un pensamiento. Una luz fugaz que ilumina mi cerebro en una fracción de segundo. Sonrío. En el piso de aquel callejón sonrío. Sonrío porque me doy cuenta de que hoy, mientras mis ojos se oscurecen y mi corazón se detiene, por primera vez en mi vida soy dueño de una verdad. Hoy, por primera vez, tengo una certeza propia, mía, sólo mía y de nadie más.

Esta noche sé que sin importar qué suceda, sin importar ningún mandato, designio o fuerza alguna, mañana a las 5:19 A.M. mis ojos estarán cerrados.

Esta noche soy libre.

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